¿Dónde está?
Hace unos días tuve uno de los momentos más bonitos en un camión en Tijuana. Iba rumbo a la línea, contenta porque iba a una reunión familiar para festejar el cumpleaños de mi prima, pero a la vez con flojera pues era una tarde nublada y fría - una de esas tardes en las que se antoja quedarse en casa. El camión en el que me subí se fue llenando hasta llegar al punto en el que hasta quienes íbamos sentados nos sentíamos apretados e incómodos. Justo cuando empezaba a renegar en mi interior, un joven comenzó a tocar su acordeón y todo cambió. Su melodía absorbió mis oidos y sus dedos con su gran agilidad para tocar el instrumento absorbieron mi mirada. Creo que nunca había sacado las monedas de mi monedero tan gustosamente como esa tarde. Opino que el joven merecía mucho más de lo que le pude ofrecer ese día. Desde esa tarde, cada vez que me subo a un camión lo hago con la ilusión de volver a escuchar al joven del acordeón con esa música que tranquiliza y anima el corazón mientras lo lleva a uno al recuerdo de escenas de Amélie, dando ganas de decir, "C’est la vie mon ami."
