Riqueza en el camión
Soy pobre. Los pagos y meses de renta pendientes, el trabajo que aún no logro conseguir, los lujos que ya no me doy y cada camión de transporte público al que me subo me lo recuerdan. Los demás personajes en el camión quizá den la impresión de ser más pobres que yo, pero tal vez no lo sean.
Por ejemplo, el borracho que se sentó a mi lado y que insistió en platicar conmigo aunque yo lo ignorara o le contestara de manera tajante, que abiertamente disfrutaba de su Tecate en lata grande e impregnaba el aire a cerveza cada vez que eructaba con la boca abierta, quizá tiene el trabajo que yo no tengo. El que se gaste su sueldo en alcohol es otra cosa. O qué tal el esquizofrénico que platicaba solo y quien pagó el resto del pasaje después de que el chofer le dijo que ya no le aceptaría el pretexto de siempre, de no traer suficiente dinero. Quizá él vive en casa propia, o sí está al corriente con la renta, y no pierde el sueño por las noches pensando en sus deudas. Y la señora que viste un abrigo menos bonito y caliente que el mío sí se pudo dar el lujo de comprarse la bolsa que le gustó en el puesto junto a la parada del camión.
Algo que he aprendido de estos otros personajes es que no hay que dejar de compartir con los demás. Me asombra que quienes menos parecen tener, son los primeros en desprenderse de unas monedas para dárselas al drogadicto rehabilitado que pide ayuda para el centro que lo ayudó a dejar las drogas, el "músico" (que canta igual de mal, o peor, que yo) que nos deleita con unas canciones o el enfermo que necesita dinero para sus medicinas. Ahí andaremos jodidos y pobres pero dispuestos a compartir ya sea una monedita o una sonrisa, que, como dice el músico a quien le sale bien la de "Popotitos", también alimenta.
